María, Esperanza de nuestra comunidad

La Iglesia universal celebra el 15 de agosto la solemnidad de la Asunción de la Virgen María. En este día celebramos que María, al finalizar su vida terrena, fue llevada por Dios al cielo en cuerpo y alma.

La Asunción nos recuerda que María participa plenamente de la resurrección de su Hijo. Ella es imagen de aquello que Dios desea también para nosotros: una vida que no termina con la muerte, sino que alcanza su plenitud junto a Él. Por eso, esta solemnidad es una fiesta de alegría y esperanza. Nos invita a levantar la mirada y a confiar en que el sufrimiento, la tristeza y la muerte nunca tendrán la última palabra.

En Sevilla, ciudad profundamente mariana, esta celebración se vive con especial intensidad. Sus templos, parroquias y barrios muestran el cariño de un pueblo que reconoce a María como Madre.

En nuestra comunidad parroquial de Ciudad Jardín dirigimos especialmente la mirada hacia las dos queridas imágenes de la Virgen que comparten el templo: Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa y María Santísima del Rosario.

Son dos advocaciones diferentes, pero una misma Madre. La Virgen de la Medalla Milagrosa nos recuerda que María permanece cerca de nuestras necesidades y derrama sus gracias sobre quienes se acercan a ella con fe. María Santísima del Rosario nos invita a contemplar, de su mano, los misterios de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo.

Ambas advocaciones nos ayudan a comprender el sentido de esta solemnidad. María, elevada al cielo, vive para siempre junto a su Hijo y continúa acompañándonos como Madre. Al contemplarla como Medalla Milagrosa y como Virgen del Rosario, descubrimos que toda su vida nos conduce hacia Jesús y nos invita a poner en Él nuestra confianza.

Su imagen nos recibe con las manos abiertas y derramando sus gracias sobre todos aquellos que se acercan a ella con confianza. Es una Madre que acoge, escucha, consuela y acompaña. Una Madre que no pregunta de dónde venimos ni qué hemos hecho, sino que abre sus brazos y nos conduce hacia su Hijo.

A María podemos contarle todo cuanto nos sucede: nuestras alegrías, preocupaciones, dudas, dificultades y esperanzas. Podemos hablarle con la misma confianza y sencillez con la que hablamos a nuestra propia madre. Ella escucha nuestra oración, nos acompaña y presenta nuestras necesidades ante Jesús.

Celebrar la Asunción también nos ayuda a comprender que María continúa cerca de nosotros. Estar en el cielo no significa que se haya alejado. Al contrario, desde allí ejerce plenamente su maternidad y nos anima a seguir a Cristo con fidelidad. Ella es consuelo para quienes sufren, fortaleza para quienes están cansados y esperanza para quienes atraviesan momentos difíciles.

Esta fiesta es también una ocasión para agradecer la vida de nuestra comunidad parroquial. Una comunidad sostenida por la entrega de su párroco, de su vicario parroquial y de su diácono permanente, así como por el trabajo generoso de los catequistas, las personas de Cáritas, los acólitos, los sacristanes -que cuidan el templo y hacen posible que permanezca abierto y preparado- y tantos voluntarios que ofrecen su tiempo sin buscar reconocimiento.Quiero agradecer también a toda la Hermandad cuanto hace para mantener viva la parroquia durante todo el año. Su oración, su servicio, su compromiso y su disponibilidad contribuyen a que esta comunidad continúe siendo una verdadera familia y una casa abierta para todos.

Mi agradecimiento alcanza igualmente a quienes no nombro expresamente, pero cuyo servicio mantiene viva y acogedora esta parroquia. Aunque la distancia no me permita estar siempre presente, como hermano me siento profundamente unido a esta comunidad y os llevo siempre en mi corazón y en mis oraciones.

Recordamos también con esperanza a quienes formaron parte de la vida parroquial y ya no se encuentran físicamente entre nosotros. La Asunción nos enseña que la muerte no rompe los lazos del amor y que seguimos unidos a quienes nos han precedido. Todo cuanto sembraron con su fe, su entrega y su cariño continúa dando fruto entre nosotros.

De una manera especial, quiero dirigirme a los jóvenes. La Iglesia y esta comunidad parroquial necesitan vuestra alegría, vuestra fuerza y vuestra valentía. No sois solamente el futuro de la Iglesia; sois una parte imprescindible de su presente.

No tengáis miedo de anunciar a Cristo tal como Él es. No debemos edulcorar su mensaje ni esconder las exigencias del Evangelio para hacerlo más cómodo. La Palabra de Jesús es exigente, pero también es verdadera, liberadora y capaz de llenar nuestra vida de sentido.

Sed valientes para vivir vuestra fe con coherencia, hablar de ella e invitar a otros jóvenes a conocer a Cristo. Vuestra amistad y vuestro ejemplo pueden acercar a otra persona al Evangelio y transformar su vida.

Antes de terminar, quiero expresar mi agradecimiento al hermano mayor, D. Javier Martín Guerrero, y a toda la Junta de Gobierno de la Hermandad por haber querido contar conmigo para escribir estas palabras. Para mí supone una gran alegría y un verdadero honor compartir esta reflexión con una comunidad a la que me siento profundamente unido desde hace tantos años.

Celebremos esta solemnidad con alegría. Demos gracias a Dios por el regalo de María y pidámosle que, bajo las queridas advocaciones de la Medalla Milagrosa y del Rosario, proteja a nuestra comunidad parroquial, a la Hermandad, a Ciudad Jardín y a toda Sevilla. Que consuele a quienes sufren, sostenga a quienes sirven durante todo el año y anime a nuestros jóvenes a anunciar con valentía la Palabra de Cristo.

María elevada al cielo nos recuerda que nunca caminamos solos, que nuestra vida tiene una meta y que siempre hay motivos para esperar.

¡Feliz solemnidad de la Asunción de la Virgen María! Que María, Madre nuestra, nos tome siempre de la mano y nos conduzca hacia Jesús.

Iván Brito Robles, Capellán Castrense